viernes, 5 de junio de 2009

Agotamiento, inestabilidad e incertidumbre


Por Humberto Campodónico

“No sorprende descubrir que los periodos de mayor estabilidad política y de conservadurismo en la historia peruana –la “república aristocrática” y el “oncenio” de 1895 a 1930, y los regímenes de Odría y Prado de 1948 a 1962– correspondieron a extensos periodos de auge de la economía de exportación, mientras que los años de inestabilidad –de 1882 a 1895, de 1930 a 1948 y finales de la década de 1960– correspondieron a los periodos en los que la economía de exportación ingresó a un estado de crisis y dejó de producir claros lineamientos de política económica”.
Es lo que dijeron Rosemary Thorp y Geoff Bertram en 1978 en uno de los libros más importantes sobre la historia económica del Perú, analizada desde el largo plazo (1). Y añaden: “Cada una de estas tres fases llegó a su fin en circunstancias que produjeron una incertidumbre sobre la viabilidad del crecimiento por expansión de las exportaciones en el futuro y sobre la consideración del papel que debía cumplir el gobierno en la economía”.
La conclusión de Thorp y Bertram es un insumo importante para el análisis de la actual coyuntura económica. Si uno le pregunta a funcionarios del gobierno y/o a economistas que simpatizan con el régimen, si estamos llegando al final de una etapa de crecimiento liderada por las exportaciones, la respuesta será un no rotundo.
Le dirán que la crisis económica global es pasajera y que, en poco tiempo, se reactivará la producción en los países industrializados y China. Esto, a su vez, producirá una nueva demanda por exportaciones de materias primas y producción nacional, con lo que aumentará su precio y volveremos a la senda del crecimiento. El pequeño bache habrá sido superado. El no rotundo será aún más fuerte si se les pregunta sobre la posibilidad de cambios en el papel del Estado en la actividad económica. Se reafirmarán en la vigencia irrestricta del mercado como único asignador eficiente de recursos, motivo por el cual no hay nada que cambiar en las relaciones mercado/Estado lo que, claro, incluye la mantención del rol subsidiario del Estado en la actividad empresarial (lo que quiere decir que el Estado solo interviene allí donde los privados no desean hacerlo).
Dicho de otra manera, hay que mantener el statu quo, pase lo que pase. Revisar, aunque sea en algo, el modelo económico significaría “dar muestras de debilidad y flaqueza, lo que abriría espacios para cambios no deseados”. Quizá por eso, dos privatizaciones de los 90 –Doe Run en La Oroya y Petro Tech en Talara– se mantienen allí, inamovibles, a pesar de que su fracaso es evidente, lo que hace necesario nuevas alternativas.
Pero si nos alejamos del “pensamiento único” neoliberal (lo que merecerá de inmediato el calificativo de “antisistema”), se aprecia el agotamiento del crecimiento primario exportador y una evidente inestabilidad política y social, en medio de una corrupción generalizada que no pudo ser extirpada con la recuperación de la democracia.
Con ese punto de vista adquieren un nuevo significado las peleas “a cuchillo” por Andahuasi, el monopolio al caballazo de Perú Rail en el Cusco, la venta ilegal de Collique, la cuestionada exportación de gas a México, el cobro de leoninas comisiones por parte de las AFP. Podríamos seguir, pues la lista es larga. Agreguemos solamente la lucha de los amazónicos por la defensa de sus derechos que, además, se inserta en la afirmación de una nacionalidad propia y un cuestionamiento radical a la lógica capitalista de la ganancia y la depredación de sus tierras ancestrales, al perro del hortelano.
Las conclusiones de Thorp y Bertram sobre épocas anteriores de nuestro crecimiento económico no pueden ser extrapoladas fácilmente y necesitan ser validadas por un análisis empírico y cualitativo riguroso. Pero los signos de agotamiento e inestabilidad están allí. También el de incertidumbre.
(1) Perú 1890-1977: crecimiento y políticas en una economía abierta, Mosca Azul editores, 1985.

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